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Julio Bolívar
















“El pasado es un país extraño”, dice el jurista e historiador Bartolomé Clavero. “Un lugar inexistente al que a veces se invoca su retorno”.

El 2 de enero de 1492, el rey Boabdil entrega las llaves de la Alhambra, como símbolo de Granada, a los Reyes Católicos. Han pasado más de 530 años desde aquel momento histórico. La Fiesta de la Toma continúa celebrándose, de manera ininterrumpida, cada 2 de enero.

Territorio y Estado se articulan aquí en torno a un ritual cívico-religioso rígido y reiterado, que funciona como una máquina de actualización simbólica. La celebración no remite únicamente a un pasado remoto, sino que activa una escena que se reactiva año tras año: una burbuja temporal donde los símbolos se reordenan y vuelven a operar con fuerza en el presente.

Más de cinco siglos después, el acontecimiento persiste no tanto como memoria histórica, sino como un campo de disputa simbólica. En él, la repetición del ritual, la ocupación del espacio y la escenificación del poder convierten el símbolo en un territorio en conflicto, donde se libra, todavía hoy, una batalla por su sentido y su apropiación.
















“El pasado es un país extraño”, dice el jurista e historiador Bartolomé Clavero. “Un lugar inexistente al que a veces se invoca su retorno”.

El 2 de enero de 1492, el rey Boabdil entrega las llaves de la Alhambra, como símbolo de Granada, a los Reyes Católicos. Han pasado más de 530 años desde aquel momento histórico. La Fiesta de la Toma continúa celebrándose, de manera ininterrumpida, cada 2 de enero.

Territorio y Estado se articulan aquí en torno a un ritual cívico-religioso rígido y reiterado, que funciona como una máquina de actualización simbólica. La celebración no remite únicamente a un pasado remoto, sino que activa una escena que se reactiva año tras año: una burbuja temporal donde los símbolos se reordenan y vuelven a operar con fuerza en el presente.

Más de cinco siglos después, el acontecimiento persiste no tanto como memoria histórica, sino como un campo de disputa simbólica. En él, la repetición del ritual, la ocupación del espacio y la escenificación del poder convierten el símbolo en un territorio en conflicto, donde se libra, todavía hoy, una batalla por su sentido y su apropiación.